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DEL ÉXITO DEL POLO AL SUEÑO DEL URIBIATO

Jorge Enrique Robledo, Bogotá, noviembre 2 de 2007 Al Polo Democrático Alternativo le fue bien en las elecciones. Incluso tuvo éxito por anticipado, pues inscribió listas a concejos en 641 municipios, donde vive más del 90 por ciento de los colombianos, inscripción que marca un notable desarrollo organizativo para un partido con menos de dos […]

Colombia Oposición Polo Polo Democrático Alternativo

Hace 10 años

Jorge Enrique Robledo, Bogotá, noviembre 2 de 2007

Al Polo Democrático Alternativo le fue bien en las elecciones. Incluso tuvo éxito por anticipado, pues inscribió listas a concejos en 641 municipios, donde vive más del 90 por ciento de los colombianos, inscripción que marca un notable desarrollo organizativo para un partido con menos de dos años de constituido y en proceso de consolidarse. También avanzó porque aumentó en forma considerable el número de votos y de elegidos en relación con lo que obtuvieron, en los comicios regionales de 2003, las fuerzas que le dieron vida. Y ganó porque el que vence en Bogotá triunfa políticamente en toda Colombia, verdad que ratifica la envidia que transpiran las agresiones de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos contra el Polo, antes y después de su derrota.

El significado de su éxito se acrecienta por darse en las elecciones menos democráticas de la historia de Colombia, en un país conocido por lo corrupto de sus procesos electorales. A la coacción clientelista de alcaldías y gobernaciones se le agregó la del propio jefe del Estado, quien se paseó repartiendo, como si saliera de su bolsillo y del de sus barones electorales, el llamado “gasto social” que financian los impuestos que pagan los mismos pobres que arrean a las urnas. Además, la campaña se realizó en medio de las limitaciones provocadas por los asesinatos de treinta dirigentes políticos –igual número que en 2003–, actos atroces que mostraron la diferencia que hay entre la realidad y la fantasiosa propaganda oficial y que evidencian lo lejos que se está de un Estado que brinde la elemental garantía de su monopolio sobre las armas.

Y el triunfo del Polo resalta además porque, en hechos sin antecedentes en la historia del país, el presidente Álvaro Uribe, con absoluta desfachatez, cual tirano, se dedicó a violar la Constitución y las leyes que juró defender, desvergüenza que, para hacerla peor, efectuó difamando a Samuel Moreno y al Polo Democrático Alternativo con el propósito de manipular la decisión de los bogotanos. Que luego uno de sus palafreneros, para sumarle cinismo a lo torcido del asunto, dijera que la andanada del Presidente no fue una agresión contra el Polo sino la manifestación de una “inteligencia superior que habla en abstracto”, apenas muestra su desprecio a la inteligencia de los colombianos. ¿Si la Comisión de Acusaciones de la Cámara no fuera, más bien, de absoluciones, procedería Uribe de igual manera, con la certeza de su impunidad legal?

En la tendenciosa embestida de Uribe contra el Polo del día anterior a las votaciones, cómo fue de notorio que no rechazó la coacción del paramilitarismo a los electores ni la participación en el debate electoral de los parapolíticos recluidos en las cárceles.

Para tirar una cortina de humo sobre el triunfo del Polo en Bogotá y sumarle otra ignominia a la actuación del gobierno, Juan Manuel Santos y el Comisionado de Paz armaron un falso positivo en contra de Carlos Gaviria, otro gran ganador de las elecciones, esta vez mediante el truco hasta ridículo de montarle una escandola por un artículo publicado, ¡en agosto!, en el diario El Tiempo. De seguir por este camino, Santos podría ganarse el mote de Falso Positivo Santos. E intentaron crucificar a Carlos Gaviria con el pretexto de que él, en coincidencia con la Constitución, asevera que existe el delito político, satanización por lo demás mañosa porque el uribismo lleva años intentando convertir a los paramilitares en delincuentes políticos. ¿Será un exceso pedirle algo de coherencia a la politiquería?

En una salida que probablemente también tiene que ver con la reconocida incapacidad mental de Uribe para manejar sus reveses, este aceptó su segunda reelección si con ello evitaba “una hecatombe”. Y aunque no puede decirse con certeza qué quiso decir, sí es seguro que en su momento procederá como se le dé la gana, de acuerdo con su estilo de recurrir a la retórica para crear “realidades” según sus conveniencias. ¿No empobreció a los trabajadores con una ley que alargó el día hasta las diez de la noche? ¿No “acabó” con el conflicto armado y con el paramilitarismo a punta de cuentos?

Pero el verdadero debate reside en si es democrático que nuevamente, y cuantas veces quieran, Uribe y su rosca cambien la Constitución en su beneficio personal, prevalidos de la supuesta conveniencia de sus fines. ¿La “inteligencia superior” también entraña la amoralidad de que el fin justifica los medios? ¿De lo que se trata es de constituir en Colombia el uribiato, a semejanza del porfiriato, como se llamó el gobierno absolutista de treinta años de Porfirio Díaz en México?